Bajo la tormenta de ayer.


Ayer, repentinamente una tormenta se desataba sobre la tierra que ardía en una fiebre constante que exprimía la vida de algunos y dejaba exhaustos a otros, y venia furiosa y copiosa como las lagrimas que desearía poder desahogar fuera de mi alma, y quise correr afuera, y alcanzar otra vez un rayo que sin aviso alguno golpean la tierra o escapan levantándose para tocar el limite del cielo. Quise sentir nuevamente el inmenso poder correr por mi cuerpo, por mis venas sentir la sangre hirviendo como plasma que desintegra todo a su paso, quise nuevamente sentirme ajeno a la vida, a esta vida, completamente separado en esta prisión que me mantiene cautivo y ahoga mi respiración.

Quise sentirme nuevamente como un verdadero hijo de Dios.

Pero no pude ni siquiera levantar mis pies del suelo para alcanzar con mis manos uno de esos relámpagos que cruzan el espacio entre el cielo y la tierra a voluntad y libres en caída suicida hasta el suelo. Y quise que la lluvia fuera mis lágrimas, pero no puedo llorar, y mas se incrementa mi angustia y desesperación, y solo puedo gritar como grita el trueno, acompañar su canto estruendoso que hace temblar a todos, que hace vibrar hasta el suelo. Un grito de guerra que se extiende implacable por kilómetros, solo eso salio de mi interior.

No pude atrapar, como ayer, al menos un rayo que llenara mi ser por completo, y sentir el poder recorrer mi cuerpo, llenar cada célula de mi alma. Será que renuncie hace mucho a aquel exoesqueleto que protegía mi piel, será que estoy destrozado y las heridas que me cubren son tan inmortales como aquel a quien pertenecen, será que ya no merezco caminar por las noches en el limite del cielo, entre la luz y la oscuridad,  y sentir su mano en mi espalda, escuchar las palabras que un día olvide. Tal vez solo estoy demasiado cansado para ponerme de pie.

Después hubo perlas que caían al suelo, lagrimas congeladas que golpearon mi ser, atravesándolo por completo, y caí nuevamente al abismo, esas lagrimas que lloraba el cielo, congeladas al sentir el frío en mi interior, y los recuerdo de mi memoria. Ahora solo extraño aquella armadura que cubría mi alma y psique  del inferior veneno de esta despreciable humanidad, y que solo yo pude destruir.

Quizás no soy digno de llevarla nuevamente, quizás el me habla y me dice como repararla pero no puedo escuchar, quizás solo estoy muriendo como mueren las estrellas, quizás solo estoy demasiado exhausto para respirar, la espera es eterna, y quisiera alimentar mi alma con esa luz que rompe el aire y todo a su paso, contenerla en cada célula de mi ser, como ayer, cuando el me llamaba hijo, y no supe contener mis pasos.

Ayer, una tormenta golpeaba la comarca al rededor de mi, y quise que esa lluvia furiosa e incontenible fuera mi llanto, para desahogar mi alma del veneno que se aferra a mi mente y lo que queda de mi sangre, pero soy incapaz de hacerlo, tome mi espada y abrí dos heridas bajo mis ojos, y levanté mi rostro al cielo, esperando fuera aceptada aquella insignificante ofrenda y se me concediera al menos, una fracción de aquella luz que un día lleno mis oscuras entrañas.

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